Zuleika Rodríguez
Veinte años construyendo. Dos años en el fondo. Y una pregunta a la que vuelvo antes de cada decisión.
No sabía por dónde empezar, y empecé por mí.
“Eso es una auténtica locura”
¡Hola! Soy Zuleika. Hace muchos años, mi madre y yo tomamos una de esas decisiones de las que se suele decir: “eso es una auténtica locura”.
Abrir un centro de estética a pie de calle en España hace más de 20 años sonaba a una gran locura en aquel entonces, ya que era un concepto que simplemente no existía. Nosotras apostamos por revolucionar y redefinir lo que significa un negocio de belleza.
Propusimos algo muy sencillo: una oferta global de servicios de cuidado personal de alta calidad, a precios asequibles, con un horario ininterrumpido y sin tener que pedir cita previa.
Quizás esto que te cuento te parece muy común hoy en día, pero en aquel entonces te aseguro que significaba innovar y arriesgar: los dos verbos que nunca deberíamos abandonar quienes nos dedicamos a negocios de belleza.
Valentía y miedo, en la misma dosis
Fue un trabajo muy largo, agotador y duro. Y lo llevamos a cabo con las mismas dosis de valentía que de miedo, porque innovar y cambiar supone eso: ser valiente, minimizar riesgos y gestionar miedos.
Pero lo conseguimos. En tan solo un año pudimos transformar el concepto que se tenía de las franquicias de belleza a nivel nacional.
Yo fui constante, no dejé de aprender mientras coordinaba diferentes centros de belleza por toda Cataluña y por muchos sitios de España. Esa experiencia me hizo fuerte, me ayudó a mirar las cosas desde varias perspectivas y me preparó para dar un salto que jamás podría haber imaginado: gestionar mi propia franquicia y lanzar mi propia marca de productos de cosmética.
Fue un sueño que trabajé y que luché. Pero sin duda, fue un sueño que se hizo realidad.
Y una vez que lo conseguí, ¿qué crees que hice después?
Básicamente, vaciarme por y para mi negocio. Mi perfeccionismo y exigencia me empujaron a darlo todo por esta forma de emprender. No solo era una prioridad laboral: era una forma de vivir.
Cuando una mujer emprende, cuando una mujer pone su vida al servicio de su proyecto, su propia identidad se construye y se define desde ese mismo lugar.
¿Nunca has sentido que construyes tu identidad, principalmente, a través de quién eres a nivel profesional?
Siempre he estado convencida de que el éxito depende del esfuerzo personal y profesional que una persona le impregna a su proyecto. Y aunque esa mentalidad es necesaria para construir algo extraordinario, también provoca algunas consecuencias devastadoras.
Hace unos años tuve que cerrar mis negocios
¿Y por qué? Porque la vida, simplemente, es así. Quizás las mujeres que emprendemos no deberíamos olvidar que los trabajos son la cosa más importante de las cosas secundarias. Pero yo eso lo olvidé.
A mi negocio se lo llevó por delante la pandemia, sin más. Un acontecimiento de esa magnitud puede destruir cualquier proyecto, más allá de las buenas ideas, de la buena gestión y de las ganas infinitas de ser responsable conmigo misma y con los demás.
La pandemia arrasó mi proyecto y me causó la peor consecuencia que una emprendedora puede sufrir: sentir culpa por algo ajeno a mis decisiones y a mi gestión. Sentí en lo más profundo de mí un vacío devastador por algo que estaba completamente fuera de mis manos. Y eso tuvo consecuencias importantes: me sentí rota por dentro.
¿Alguna vez te has sentido culpable por cuestiones que están fuera de tu gestión y responsabilidad?
Más de dos años en el fondo
No voy a endulzarlo: han sido más de dos años en el fondo del inframundo. Afrontar una quiebra empresarial y asumir un cambio laboral de 180º a los 40 años fue un golpe demoledor. No solo económicamente, también emocionalmente.
Me enfrenté al sentido de culpa por no haber podido sostenerlo y a la vergüenza de no cumplir con las expectativas que yo misma me había impuesto. Fui injustamente dura conmigo misma.
Mi identidad profesional se desmoronó, y me encontré frente a un rompecabezas personal un tanto caótico: mi propio autoconcepto estaba literalmente por los suelos. Creo que no fui justa conmigo misma; hay que ser honesta y compasiva con una misma. Ese fue mi principal aprendizaje.
Lo que no veía entonces es que me había confundido con lo que hacía. El negocio me definía más de lo que yo lo definía a él. Y tardé en verlo porque desde dentro no se ve.
Cuando por fin pude parar, me sentía culpable. Culpable de no poder seguir al mismo ritmo. Culpable de necesitar algo distinto.
Detenerse, entender quién eres y empezar a reconstruir
Pero la vida sigue. En medio de todo ese dolor, entendí que no podía avanzar sin antes detenerme, reconstruirme y encontrar las piezas correctas para volver a ser yo misma. Lo repito por si esto tan sencillo te puede ayudar a ti: detenerse, entender quién eres y empezar a reconstruir.
Y así empecé a rearmarme a mí misma. Y lo tuve que hacer en el contexto más difícil posible: durante la pandemia y durante la postpandemia.
Después de la pandemia el sector ha cambiado. La vida, en general, ha cambiado. Las estructuras, el modelo de negocio y las maneras de hacer las cosas que me habían ayudado a construir todo lo conseguido con tanto esfuerzo ya no encajan en esta nueva realidad.
Es fácil de decir y difícil a veces de asumir: lo que funciona en un momento simplemente deja de ser sostenible en el siguiente.
El coaching me enseñó a abrir posibilidades. La Gestalt me enseñó a mirar con más profundidad. La docencia me enseñó a acompañar sin imponer respuestas. Pero gran parte de lo que hoy comparto no nació en una formación: nació construyendo, equivocándome, volviendo a empezar.
Así nació Genuina
Busqué otro modelo. Otra estrategia. Otra forma de hacer las cosas. Pero siempre acababa llegando al mismo lugar: no era el negocio lo que necesitaba cambiar. Era la relación que mantenía conmigo mientras intentaba volver a empezar.
Entonces entendí algo. El hilo nunca había desaparecido. Era yo quien había dejado de escucharlo.
Así nació Genuina. No como respuesta a una crisis, sino como una manera de mirar todo lo que creamos desde la relación que mantenemos con nosotras mismas.
Hoy le pido otro ritmo a mis proyectos. Y lo hago con un propósito muy claro: ayudarte a parar, ayudarte a entender quién quieres ser a partir de ahora y ayudarte a reconstruir un proyecto genuino que esté alineado con quien realmente eres. Porque ahora sé que reinventarse no solo es posible, sino necesario.
La conexión no es el destino. Es el lugar desde el que todo empieza.
Desde entonces, antes de cada decisión, vuelvo siempre a la misma pregunta.
¿Sigo tirando del hilo?
Estoy aquí para compartir mi camino y acompañarte en el tuyo. Porque superar los cambios requiere más que fuerza: requiere conexión contigo misma, claridad y las herramientas adecuadas para dar el salto.