Cuando cuidarnos se convierte en una excusa para no mostrarnos
Hace un tiempo que empecé a revisar la idea de cuidarme.
Porque, si somos sinceras, muchas veces eso de “cuidarnos” es solo la versión elegante de mantener el ego a salvo.
Como si mostrar una imagen ordenada fuese la condición para que el mundo nos reconozca como profesionales válidas… mientras por dentro seguimos recolocando cosas que ni nosotras entendemos del todo.
El otro día, hablándolo con una facilitadora, recordé una conversación que había tenido sobre lo que se supone que debemos mostrar para parecer creíbles.
Que la gente quiere reírse, pero no demasiado.
Que la vulnerabilidad está bien, pero con filtro.
Que humanizar sí… pero sin que se note mucho que eres una persona con días torcidos, por eso del drama 😵💫
Un chistecito, pero no mucho.
Una verdad, pero bien peinada.
Y aquí te pregunto: ¿cuántas veces te has callado algo por miedo a que pensaran que no eras suficientemente profesional?
Porque, en medio de esa conversación, me cayó uno de esos “darte cuenta” que te acomoda la verdad en el pecho: vivimos una vida humana, pero nos exigimos mostrar una versión que no existe.
Una especie de autenticidad perfecta que, en realidad, no es autenticidad ni es nada.
Porque aún sigue circulando esa idea absurda de que quien acompaña debería estar sin grietas, sin dudas y con la vida emocional ordenada en archivadores con etiquetas.
Pero la realidad es mucho más simple y muchísimo más humana: quien acompaña también está viviendo su propia vida.
A veces con claridad, a veces con líos, a veces con movimientos que llegan sin avisar.
No es un fallo. Es la condición de estar vivas.
Los procesos no llegan para dejarnos impecables. Llegan para hacernos más conscientes.
Y en ese despertar aparece una pregunta que todas hemos escuchado, directa o disfrazada:
“¿Y si no confían en mí porque aún tengo cosas que estoy recolocando?”
La respuesta no tiene nada épico: confían precisamente porque eres humana.
Porque no finges.
Porque te haces cargo de lo que te toca.
Porque acompañas desde un lugar que no pretende perfección, sino presencia.
Y aquí viene esa parte que a veces cuesta asumir: para sostener a otra persona, antes necesitamos sostener lo que nos pasa a nosotras.
No es un drama. Es normalidad humana.
La seguridad genuina no nace de tenerlo todo claro; nace de dejar de huir de lo que te incomoda, de reconocer lo que aún no has terminado de escuchar, de mirarte sin esa exigencia silenciosa que te pide ser “la profesional perfecta”.
Ahí —cuando aflojo la autoexigencia, cuando ya no me pido brillo constante— empieza el punto que cambia todo.
Ese lugar sencillo, cotidiano, donde se sostiene desde dentro.
Sin poses.
Sin forzar.
Sin intentar interpretar una versión pulida que no te representa.
Porque la magia no está en parecer impecable.
Está en ponerte al servicio con todo lo que eres.
Eso es lo que acompaña, sostiene y guía.
No te dejes nada de ti.