No todo lo que pasa es pasajero

A veces creemos que para influir en la vida de alguien hay que hacer algo grande, visible, casi épico.
Y no.
La mayoría de las veces influimos sin darnos cuenta. Con una mirada, una palabra a destiempo, un silencio, una presencia que llega justo cuando la otra persona estaba abierta… o vulnerable.

Hace unos cuatro años coincidí con alguien.
No sé si puedo decir que la conozco.
No compartimos una historia larga, ni un vínculo que pueda explicarse con datos.
Y aun así, es alguien especial para mí.
Alguien que aparece en mi pensamiento sin pedir permiso.
Alguien que, de una forma sutil pero profunda, dejó huella.

Y ahí fue cuando me di cuenta de algo que no siempre queremos mirar: impactamos en la vida de otros, incluso cuando creemos que solo estamos “pasando por allí”.

Influir no es solo inspirar.
También es remover.
A veces iluminamos… y otras veces tocamos zonas que duelen.
No porque haya mala intención, sino porque cada encuentro se cruza con la historia, el momento y las heridas del otro.

Por eso me lo recuerdo a menudo —y hoy te lo comparto—:ojalá nuestra forma de estar en el mundo sea un lugar seguro.
Ojalá cuando alguien piense en nosotras, sienta un poco más de calma.
Un poco más de claridad.
Un poco más de amor.

No siempre podremos controlar el impacto.
Pero sí la intención.
La honestidad.
La presencia.

Porque nunca sabemos quién nos va a recordar dentro de cuatro años.
Ni por qué.

Genuina nace de aquí.
De la conciencia de que no solo construimos proyectos, construimos impacto.
Y de que crear, acompañar y sostener proyectos. También es una forma de estar en el mundo.

Con más cuidado.
Con más verdad.

Con más humanidad.

Conecta es un programa de acompañamiento para emprendedoras que sienten que su proyecto necesita orden, claridad y coherencia.
Un espacio para parar, mirarte, revisar cómo estás creando y tomar decisiones alineadas contigo y con el momento real de tu negocio.

No va de hacer más.
Va de hacerlo con sentido.

El 16 de enero, Conecta estará a la venta.

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Cuando entendí que mi propia metodología podía salvarme (y no hablo de salvar el negocio)